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Ética en deporte. Fidelidad a los colores.

Dr. Yves de Saá Guerra

 

Probablemente hayas escuchado alguna vez una noticia sobre una “estrella” de un deporte, que lleva toda la vida jugando en el mismo equipo y que sentía los colores más que nadie, pero que, de repente, se marcha o le echan del equipo. E incluso, en ocasiones, ficha con el máximo rival. Pero esto no solo sucede con los jugadores, sino también con los entrenadores.

Posiblemente, lo siguiente que hayas escuchado en las noticias es gente cabreada, insultando y despotricando contra todos. Frustrados por experimentar cómo un buen jugador/a o entrenador/a, con el que todo el mundo estaba contento y representaba los valores del equipo, se esfuma de repente. Puede que quizá te haya pasado a ti y te preguntes por qué pasa esto. ¿Por qué se están perdiendo los valores deportivos?

Es una muy buena pregunta. Deberíamos planteárnosla más a menudo.

Tenemos claro que cuando una jugador/a o un entrenador/a firma un contrato, debe defender los colores de ese equipo a toda costa y hasta el final.

Sin saber bien a qué final nos referimos: ¿Cuándo la competición finaliza; cuándo finaliza su contrato o cuándo los directivos piensan que es mejor venderlo?

Llamamos traidor a un jugador o jugadora que abandona el equipo. Pero si un trabajador dimite para ir a un puesto mejor en otra empresa, no lo criticamos porque es lógico. ¿En deporte sí? Cuando traspasan a una jugadora, jugador o entrenador que quiere defender los colores más que nadie, lo más común es apuntar a su nivel de rendimiento. Si es bajo, lo normal es que se quede fuera. Pero cuando su rendimiento es alto y aun así se traspasa. ¿Es eso lo que estamos transmitiendo a las nuevas generaciones?

Alentamos a las fuerzas públicas a defender la patria por encima de todo. A ir contra los enemigos del país. ¿Pero si les decimos que este país ya no es el suyo, que los echamos y que no cuenta lo que hayan hecho en el pasado? ¿Cómo se quedan?

Es muy posible que te encuentres ahora mismo frente al dilema moral de saber si es inevitable conseguir los objetivos deportivos a cualquier precio. ¿No va esto en contra de los propios valores deportivos?

Para intentar resolver esto es necesario tratar de entender cómo funcionan estos fenómenos. Durante los últimos años hemos sido testigos de cómo disminuyen las ocasiones en las que los equipos cuentan con un referente permanente entre sus filas. Deportistas que pensábamos que jamás se irían del equipo, acabaron marchándose. Muchos de ellos por la puerta de atrás.

En el fútbol español hay muchos ejemplos de aun habiéndolo ganado todo, se prescinde de sus servicios: Xavi, Casillas, Puyol, Vicente del Bosque, etc. En baloncesto el ejemplo que más que chirria es el de Pepu Hernández, primer campeón del mundo con la selección española de baloncesto masculina, al que no le renovaron el contrato. Quizá ser campeón del mundo no es suficiente.

Como curiosidad, en la NBA Steph Curry se convirtió el año pasado (2018) en el único jugador elegido en el Draft de 2009 en permanecer en el mismo equipo.

¿Y por qué pasa esto?

La fidelidad es algo que nos apasiona. Tanto en el deporte como en la vida promovemos el sentimiento de pertenencia a un colectivo. Promovemos una identidad que nos hace sentir seguros y que da lugar a una actividad compartida con los compañeros de equipo y rivales. Además, los valores del deporte impulsan el ánimo de sacrificio en aras de un propósito y la excelencia en la actuación deportiva.

Desde un punto de vista moral, las personas emiten juicios de valor con relación a si mismas y a las demás. De esta manera, identificamos qué es lo correcto y lo que está mal. Es decir, qué es lo que se debería hacer y lo que no, en relación a un contexto determinado. A diferencia de la moral, la ética promueve una reflexión sobre lo que está bien y lo que no lo está. En base a los principios éticos, el individuo toma decisiones y orienta sus acciones a partir de motivaciones de tipo moral.

La moral es, según el filósofo griego Aristóteles y el filósofo Imanuel Kant, la acción sometida a la razón.

O como dijo el filósofo inglés Francis Bacon: La perfección de la propia conducta estriba en mantener cada cual su dignidad, sin perjudicar la libertad ajena.

Entonces. Si tenemos tan claro que está mal arruinar un equipo y a la persona afectada, ¿por qué se destruyen los equipos? ¿Por qué no se tiene en cuenta el “amor a los colores”?

Veamos los siguientes ejemplos: un organismo puede persistir como resultado de la muerte de sus células; o una organización es perpetuada por la destitución de sus miembros. La variación y el cambio son etapas inevitables e ineludibles a través del cual todo sistema complejo debe viajar para crecer y desarrollarse. Cuando se logra esta transformación sin la intervención de factores externos al sistema, se habla de un proceso de autoorganización, tal y como indica el premio Nobel Ilya Prigogine (Nicolis and Prigogine, 1977).

La autoorganización es un concepto profundo y muy interesante. Es la clave de muchos fenómenos naturales. La autoorganización permite al sistema recuperar el equilibrio, modificar su estructura y adaptarse al medio ambiente circundante; mediante la generación de patrones de comportamiento a partir de las interacciones locales de sus elementos constitutivos y de las relaciones con el propio medio ambiente. (Ya te dije que era un concepto profundo).

Respecto al ámbito deportivo, la ciencia señala que en el deporte profesional existe una alta volatilidad en las plantillas. En la liga española de baloncesto profesional ACB, solo un puñado de jugadores permanece en el mismo equipo más de cinco temporadas seguidas (Arjonilla López, 2011). Vemos que, efectivamente, en deportes como el fútbol, beisbol, futbol americano o hockey, la permanencia de los entrenadores en el mismo equipo obedece a una Ley de Potencia (Aidt y col., 2006); Un comportamiento que presentan muchos otros fenómenos naturales (Schroeder, 1992; Malacarne & Mendes, 2000; Greenhough, Birch, Chapman, & Rowlands, 2001; Newman, 2005; Mendes, Malacarne, & Anteneodo, 2007; Bittner, Nußbaumer, Janke, & Weigel, 2009; Heuer, Mueller, & Rubner, 2010) tales como terremotos (Mega et al., 2003), inundaciones (Malamud & Turcotte, 2006), deslizamientos de tierra (Li, Ma, Zhu, & Li, 2011) o incendios forestales (Song, Wang, Satoh, & Fan, 2006).

Sin título

Figura 1: Permanencia de los entrenadores de futbol en el Reino unido desde 1874 hasta 2005. Fuente: Aidt y col.; Physica A, 2006.

 

Que la permanencia de los entrenadores se distribuya en forma de Ley de Potencia significa que cada vez existen más entrenadores con escasa permanencia en los equipos y cada vez menos entrenadores permanecen un mismo equipo durante su carrera deportiva.

La importancia de que esta clase de fenómenos muestre una distribución de en forma de Ley de Potencia radica en que es independiente de escala. Es decir, que puede producirse en cualquier nivel independientemente de la categoría, presupuesto o nivel de rendimiento. Y, sobre todo, muestra la presencia de mecanismos subyacentes tales como redes complejas, dinámicas no lineales, transiciones de fase o fenómenos de autoorganización crítica, los cuales hemos descrito brevemente con anterioridad (West, Brown, & Enquist, 1997; Bak, 1999; Barabási & Albert, 1999; Malacarne & Mendes, 2000; McGarry, Anderson, Wallace, Hughes, & Franks, 2002; Newman, 2005; Bourbousson, Sève, & McGarry, 2010).

El deporte profesional es un entorno altamente competitivo donde, a priori, los resultados son los que determinan el criterio de continuidad de los entrenadores, jugadores y directivos. El rendimiento de un entrenador se tiende a evaluar por el resultado del equipo al que entrena. Aidt y sus colaboradores (2006) señalan que cuando los entrenadores alcanzan un cierto umbral de rendimiento o “reputación”, si los resultados no alcanzan ese nivel, lo natural es que sea remplazado. O si, por el contrario, logra cotas mayores, otros clubes se harán con sus servicios.

El deporte es un fenómeno que aglutina a muchísima población en todos los niveles. No solo a nivel de aquellos que lo practican, sino a nivel de aficionados, ejecutivos, inversores, empresas, profesionales externos, etc.  Este hecho resulta en que la industria deportiva se encuentra entre las diez industrias que generan más dinero en el mundo. El grado de profesionalización ha aumentado considerablemente los últimos años, y prueba de ello son los presupuestos que se manejan, y la duración de la permanencia de los integrantes en los equipos.

Los autores señalan que a priori, existen razones por las cuales una organización social como un club deportivo debe evolucionar a hacia un estado crítico. Un estado donde cualquier pequeña variación desencadenará un cambio sustancial. Las organizaciones sociales gradualmente evolucionan en respuesta a presiones económicas, legales y sociales internas y externas. Las decisiones dentro de una organización social resultan de las interacciones complejas entre muchos factores.

Además, para prolongar la existencia de este y otros sistemas en el tiempo es necesario la selección de parámetros que lo tornen en un estado crítico, como hemos mencionado. Y que, además, presenten un mecanismo que prolongue este estado. Normalmente, tales mecanismos están asociados con tres requerimientos:

  • Una entrada de energía, por ejemplo, partículas, o en nuestro caso, entrenadores o jugadores.
  • Un mecanismo para el mantenimiento del estado, como por ejemplo un rango que sirva como umbral para la reemplazar a los entrenadores o jugadores,
  • Y, finalmente, un mecanismo de disipación. Es decir, el reemplazo de los jugadores o entrenadores mediante despido, promoción o jubilación.

Como podemos ver, la realidad deportiva no es estática. Los equipos profesionales modifican su funcionamiento. Esto provoca que los deportistas y entrenadores se vean como valores que se pueden comprar y vender sin importar el rendimiento o el amor a un equipo. Son varios los estudios que apuntan a que existen equipos que “producen” jugadores, y otros que “compran” estos jugadores o entrenadores.

Lamentablemente, estas dinámicas propias de los deportes profesionales se extrapolan cada vez más a los deportes en etapas de formación, donde se trafica, literalmente, con personas. Se venden y se compran jugadores sin importar la mejoría del propio jugador. Lo único que importa es el beneficio que se obtiene por vender un “diamante en bruto”.

Quizá tenga sentido que lo económico se esté imponiendo a lo ético, pues lo ético es artificial y las Leyes de Potencia, son lo natural.

¿O quizá no?

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